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Microcuento - Jardín zen II

Un gran guerrero japonés llamado Nobunaga decidió atacar al enemigo, aunque sólo contaba con la décima parte del número de hombres que tenía el otro bando. Sabía que iba a vencer, pero sus soldados lo dudaban.    Por el camino, se detuvo en un santuario sintoísta y dijo a sus hombres:    —Después de visitar el santuario, arrojaré una moneda. Si sale cara, ganaremos y si sale cruz, perderemos. El destino nos tiene en sus manos.    Nobunaga entró al santuario y ofreció una plegaria silenciosa. Entonces, se reunió con sus hombres y arrojó una moneda. Salió cara. Los soldados estaban tan deseosos de luchar que ganaron rápidamente el combate.    —Nadie puede cambiar la mano del destino —le dijo su ayudante, después de la batalla.    Desde luego que no —dijo Nobunaga, enseñándole una moneda que en realidad eran dos pegadas y mostraba cara por ambos lados. Tomado de  http://e-kuoreo.blogspot.com/2015/05/132-jardin-zen-ii.html  ...

El teatro cómico JC

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"La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella". Oscar Wilde En los espejos se veía el reflejo de sus engaños, sus ojos brillaban con fulgor, como de quien comete un crimen pasional y ve completada su venganza. Cada baile, cada humo absorbido, cada una de las palabras pronunciadas sostenían el aire del teatro, una tragicomedia, donde se esconden, tras el telón, la histeria de una vida llena de fantasmas. Todo el ambiente perpetraba mis ojos, cavilaba, sometido a ver solamente sus máscaras entre la luz fluorescente. Sus cándidos cuerpos eran la mercancía para quien no sospecha la entereza de una raza inferior, donde existe problemas de grandes hipócritas masoquistas.

Sin retorno

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Es el primer día del nuevo año,  y la atmósfera de la habitación está colmada de tristes pensamientos...el inverosímil amanecer, solitario, plagado de sonidos,  enardecen en interiores de carne, y más allá. La luz empieza a penetrar las pupilas y aún el pensamiento gira concentricamente sobre el mismo eje, su soledad. Su ego ha ganado la batalla de los sentimientos, y empobrecido por la tristeza,  Edgar se fuma el último cigarrillo. Ahora tiene el mismo humo en su alma, y es llevada por el susurro del viento madrugador, a lo alto de la copa de los arboles. La banca en donde reposa el cadaver viviente, tiene marcado el tiquete de viaje hacía ninguna parte. Y él decide irse,  para no volver.

Embuste de amor

Que insignificante es el tema del amor cuando siempre observas desde lejos, la patraña que viven algunas parejas; y es aun, más carente de lógica darse cuenta de la mentira de dos amantes embusteros, protagonistas de un teatro de bochornosos reencuentros con la infidelidad. Ese era el encuentro de Edgar, -sentado en un rincón del bar-, de las explosivas miradas de dos amantes conversando entre amigos; frío y calculador, observaba que se lanzaban expresiones de desacuerdo, de celos, y algunas veces ambos tenían la necesidad de tomar aire fresco. El pasar del tiempo dejó entrever los sismos de los corazones de esos amantes, lo cual notó Edgar, pero sin obtener el sentido de ese encuentro desafortunado, no tuvo más remedio que alejar sus instintos y suponer la carencia de amor entre estos dos infieles. Su silla quedo vacía después de decidir alejarse de aquel lugar, donde aprendía cuan difícil es tolerar el significado de ama...

Memoria ajena

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La negociación fue fatal. Nuestros encuentros frente a frente nos habían dejado agotados, por lo cual decidimos no volvernos a ver. Sin embargo, no estoy seguro de la condición de nuestras naturalezas y el carácter que conducen nuestras fantasías, por lo cual viaje cerca al pueblo que albergó tu memoria. Literalmente, la tuvo. En el café  Internet  al cual me dirigí, me senté a escribirles a mis padres, diciéndoles que había llegado bien y que muy pronto regresaría puesto que sólo estaba de paso. Cuando me resolví a chequear el computador en el cual estaba, me di cuenta de que en el puerto USB había una pendrive. Abrí los archivos de dicha memoria. Las fotos, las reflexiones hechas con cuidado y los ensayos de la universidad, tenían una esencia de ti. Un triunfo, sentí, y no adquirí la fuerza necesaria para abordarte cuando te vi volver, a buscar la memoria ajena. No me desprendí de ti, de tus lazos creados en la ficción, de tu acelerada personalidad, de tus lentos...